domingo, 20 de agosto de 2017

El punto de partida

Estaba acostado en la hamaca, fingiendo estar bien. Hablando con un ser pasajero de esos que se animan a una buena plática porque es la única forma de pasar el momento incómodo de esperar la hora de dormir mientras el resto de su familia disfrutaba momentos únicos en la piscina.

Eran las 8 de la noche, había tomado la decisión de emborracharme aunque estuvieran todos ahí, bueno, casi todos. Ese casi todos era la razón principal de mi embriaguez; hacía falta gente, gente que tenía que estar ahí. Entre esos tú. 

Así empezó...Era un día importante, un 1 de enero, salimos huyendo de casa desde temprano porque todo estaba mal y queríamos fingir que sucedía lo contrario, que la vida era perfecta. Encontramos un hotel a la orilla de la playa y decidimos quedarnos ahí, fingiendo, sonriendo porque necesitábamos creer que todo estaba bien. 

Pero nada estaba bien, todos teníamos un calvario interno que nos hacía perder la vista hacia el horizonte. Supongo que algunos, como yo, hubieran querido meterse a la playa y nadar hasta que los brazos no dieran y esperar a que el destino dictara sentencia. 

A pesar de todo, logramos pasar un buen momento de lucidez, comimos, hablamos, bebimos, conocimos gente, nos zambullimos en la piscina y dejamos todo lo malo por un momento. 

Todo espejismo de alegría se esfumó cuando llegó la noche y como todas las noches de noviembre y diciembre, la nostalgia se apoderó de mi. Los deseos de llevar una vida distinta, como tenía planeada, se apoderaron de mí y atacaron mi ansiedad.

No quería nada, como siempre. Solo huir, regresar, sumergirme en mi cómodo mundo de pesimismo y sueños rotos. Pero no podía, había que fingir que todo estaba bien a 200 kilómetros de casa. No podía fallarle a los que nunca me han fallado. 

De pronto, algo sucedió. La música, las luces y la alegría de la gente se apagó. Pensé por un momento que algo me estaba pasando pero no, resultaba que en el pueblo se había ido la luz y todos estábamos a oscuras y lo único que nos acompañaba era el sonido de las olas.

En ese momento alcé mi cabeza y vi el cielo más estrellado que pude haber visto en la vida. Regresó mi paz y a pesar de la oscuridad del ambiente, la mía desapareció y volví a sentirme bien. 

Admirando estaba el cielo único, acompañado del sonido de las olas cuando regresó la luz y volvió la rutina. Música, gente hablando, chapotazos de agua y el cielo negro de nuevo. Pensé mil cosas hippies de como la luz arruinaba paisajes tan bellos como el que acababa de admirar.

Y volvió a suceder, se hizo el silencio, volvió la oscuridad y la dulce melodía de las olas. Volví a ser feliz, mientras todos se lamentaban yo disfrutaba de las estrellas, hasta que pasó...

Primero fue una, que pasó en una milésima de segundo. Pensé que era mi cansancio o algo por el estilo, porque nunca había visto una estrella fugaz. Después apareció otra, al rato dos más y así hasta que aprecié un festival de estrellas fugaces por el cielo.

Todo iba bien hasta que una de esas estrellas me recordó a vos...tus ojos fijos, tus relatos, tus sueños, tus promesas fugaces...

Me empezaba a dar cuenta que ya no iba a pasar, que ese era mi punto de partida, mientras en mi cabeza sonaba Yellow y su famosa frase "look at the stars, look how they shine for you" y que tú decías "look how they shine for us..." 

De pronto volvió la luz y volví a darle la bienvenida a la oscuridad, aunque en ese momento supe que era mi punto de partida. 


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